Cuando un hombre llora

Comparte en tus redes
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Por Guillermo Romero Salamanca

Lo vi llegar tipo 10 de la mañana con el tumbao que tienen los guapos al caminar. Se estacionó en la esquina del parque con una bolsa de rojas colombinas. “Oiga señor, una monedita, por amor de Dios”, decía a cada transeúnte que pasaba a su lado. Unos lo miraban de arriba abajo y otros, escasamente lo observaban.

A las doce del día el sol bogotano calentaba con furor y allí, en esa arista del vergel seguía el venezolano. Impávido. Como militar en guardia, con su bolsa de caramelitos y su mano extendida. Cada rato cambiaba de posición con sus piernas.

Serían las tres de la tarde y el cielo soltó esa lluvia picante y continua de esas que caen la capital de la república, aburridoras y heladas. El joven seguía de pie, dando muestras de cansancio. Valiente para resistir unas 5 horas armado en un andén. Su rostro cobrizo y sus ojos ámbar resistían la ventisca que picaba y hacía correr a más de un vecino de este sector de la ciudad.

–Bueno joven. ¿Cuál su cuento? ¿Qué hace seis horas con esa bolsa? ¿Usted de dónde es? ¿A quién está vigilando? ¿Es usted espía venezolano?

El muchacho se asustó ante la indagatoria que le hacía. Pensé que saldría corriendo o que, de pronto, me iba a gritar y me iría a decir que le dejara en paz.

Pero no. Contó que era de Maracay, cerca a Caracas. Hace un mes, ante la situación de su país, determinó con un amigo, su hermana mayor y su hermano menor emprender un viaje a Colombia a probar mejor suerte. “¿Sabe usted lo que es levantarse y no tener qué comer?, me preguntó mirándome fijamente a mis ojos.  Allá nos estamos alimentando de yuca, nada más. Eso de los claps es una ilusión que nos llega cada dos meses, no hay trabajo, no hay estudio, no hay nada para hacer. Ya ni pereza tenemos”.

“Una mañana nos despedimos de nuestra mamá y un bus nos llevó hasta Cúcuta”.

“En la frontera trabajamos unos días y emprendimos una caminata hasta Bogotá. Hoy no sabemos qué ha pasado con nuestra hermana. Cuando llegamos a esta ciudad, un señor me regaló estos tenis. Lo único que tenemos son estos dulces para recaudar 14 mil pesos para pagar una habitación. Hace cinco días que estamos en esta ciudad. Nosotros no conocíamos buena parte de Venezuela, ni mucho menos Colombia. La verdad, señor, esto ha sido muy difícil. Pasar los páramos ha sido una inolvidable experiencia. Y así como lo hemos hecho nosotros, así lo seguirán haciendo miles de jóvenes. Los viejos ya están resignados a su suerte y a ver morir a sus amigos. Ellos no resistirían esa caminata”.

“Colombia ya se está cansando. Nos ven y dicen: ¿otro venezolano más? Para nosotros es angustiante que nos miren así. Yo nunca he robado a nadie. A veces nos asustamos mucho. Por las noches quedamos tan cansados que nos dormimos a los pocos minutos. No duelen los pies, pero más nos duele el alma al saber que sólo hemos podido enviar 20 mil pesos en una remesa a Maracay”

–¿Qué pasó con esa hermosa Venezuela que conocimos, tan rica, tan próspera, tan llena de ilusiones y de hidalguía?, le pregunté.

El muchacho no respondió. Por sus mejillas rodaron las lágrimas de la incertidumbre, de la soledad, del engaño, de la amargura y de la desesperanza.

Lo contemplé en silencio. Ver llorar a un niño es duro, pero más fuerte a un joven casi hombre. Al rato llegó su hermano. Lo vio triste y acongojado. Se abrazaron los dos. Sus palabras de aliento, son su única vitamina en estos días aciagos.

Minutos después se fueron a descansar este día.

Recordé entonces la canción del maestro Rómulo Caicedo: “Cuando un hombre llora, le dicen cobarde y el mundo se ríe de verlo llorando. La gente no entiende que el llanto del hombre merece respeto porque es sagrado. Quién sabe si llora la ausencia de un hijo, la esposa, la madre que vive muy lejos.
Quién sabe si llora su amargo destino y no encuentra el camino de su regreso…”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *